En la penumbra de su laboratorio, rodeado de artefactos que zumban con la energía de lo inminente, el joven Víctor Frankenstein contempla su obra: un cuerpo imponente, ensamblado con precisión quirúrgica y desesperación febril. La tormenta brama afuera, como si los cielos mismos supieran lo que está a punto de ocurrir. Y entonces, ocurre: una chispa —metáfora o relámpago, poco importa— anima la materia inerte. La criatura abre los ojos. El milagro se cumple… y el horror comienza.
Así lo imaginó Mary Shelley en 1816, cuando tenía apenas dieciocho años y escribió, casi como un desafío a las convenciones de su tiempo, Frankenstein o el moderno Prometeo. La joven autora no sólo dio forma a una de las obras más influyentes de la literatura universal, sino que tejió un mito nuevo a partir de uno muy antiguo: el del titán Prometeo.
Prometeo, según la mitología griega, fue quien robó el fuego de los dioses para entregárselo a la humanidad. Con ese fuego —símbolo de la razón, del conocimiento, de la creación— los hombres dejaron atrás la oscuridad. Pero los dioses no perdonan osadías. Zeus condenó a Prometeo a una eternidad de tortura: encadenado a una roca, su hígado sería devorado cada día por un águila, para regenerarse cada noche. El castigo era claro: el conocimiento no es gratuito.
Mary Shelley retoma esta figura y la traslada al mundo moderno, un mundo ya no dominado por dioses olímpicos, sino por la ciencia, la ambición y el individualismo. Víctor Frankenstein, con su sed de conocimiento absoluto, se convierte en un Prometeo moderno: no roba el fuego, pero roba algo más profundo aún —el secreto de la vida— para insuflarlo en una criatura hecha por sus propias manos. No lo hace por amor a la humanidad, como el titán, sino por gloria personal, por ese impulso humano y trágico de ir más allá.
Y sin embargo, el castigo llega. Pero no en forma de águilas, sino de remordimiento, muerte y destrucción. La criatura —mal llamada “monstruo”— es inocente al principio. Como Adán expulsado del Edén sin haber comprendido aún el pecado, recorre el mundo buscando consuelo, amor y sentido. Pero Víctor, su creador, lo repudia al instante. Ese rechazo es la chispa que convierte al hijo en enemigo, y al creador en víctima de su propia ambición.
Frankenstein no sólo nos habla del terror a lo desconocido, sino del peligro de una ciencia sin ética, de un conocimiento sin responsabilidad. Mary Shelley, hija de filósofos radicales y esposa de un poeta visionario, comprendía que el verdadero terror no está en lo sobrenatural, sino en lo humano llevado al extremo. Su novela fue escrita a la sombra del Romanticismo, pero anticipó con asombrosa lucidez los dilemas del siglo XXI.
Hoy, más de doscientos años después, seguimos preguntándonos: ¿hasta dónde podemos llegar sin convertirnos en monstruos? ¿Qué ocurre cuando jugamos a ser dioses sin asumir las consecuencias?
En este episodio del podcast más escuchado y premiado de la ficción y el relato en español, Noviembre Nocturno, el maestro Láudano te sumerge en este homenaje a la maestra Mary Shelley con el capítulo dedicado a La Creación del Monstruo, de su Frankenstein o el Moderno Prometeo.
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Conoce al podcaster
Noviembre Nocturno es un podcast de ficción sonora, fantasía, terror y ciencia-ficción… El terror puede tomar inesperadas formas. Y este equipo las estudian todas.

Alberto Martínez—guionista, narrador y diseñador de sonido—, junto a sus colaboradores Regino García, Jesús García, Alba Aur y Mario Cibreiro, traen cada semana una nueva historia.



