Llevamos siglos obsesionados con el fin del mundo, pero curiosamente muy poco tiempo pensando en lo que viene justo después. El apocalipsis nos fascina como espectáculo —la ola gigante, el hongo nuclear, el virus que lo arrasa todo— pero la pregunta interesante no es cómo termina la función, sino qué ocurre cuando se apagan los focos y en el teatro solo quedan dos personas mirándose.
Imaginad esa situación con toda la seriedad que merece. No hay instituciones, no hay lenguaje compartido más allá del elemental, no hay referentes de lo que se supone que hay que hacer. Todo lo que llamamos civilización —la ley, el dinero, la religión, la arquitectura, la cocina, la música— es un acuerdo colectivo que necesita, como mínimo, de más de dos para tener sentido. ¿Desde dónde empezáis? ¿Quién decide qué vale la pena conservar y qué no? ¿Cómo organizáis el tiempo, el espacio, el afecto, el miedo?
Ahora añadid una capa de complejidad. Los dos supervivientes no se parecen. Vienen de lugares distintos, tienen cuerpos distintos, han aprendido a nombrar el mundo con palabras distintas. No hay un tercero que medie, que traduzca, que valide. Solo ellos dos y la pregunta, enorme e inaplazable, de si dos personas que son distintas pueden construir algo común sin que esa diferencia acabe siendo una fractura. La historia de la humanidad entera, resumida en una sola relación.
Y ahora la última vuelta de tuerca: tienen catorce años. No saben lo que es el amor, ni la responsabilidad, ni el duelo, ni el liderazgo. Lo aprenderán, si es que lo aprenden, sin nadie que les enseñe. Sin red. Sin segunda oportunidad. Lo que tiene que nacer entre ellos —la confianza, el deseo, la decisión de seguir— tendrá que inventarse desde dentro, no heredarse desde fuera.
Este es el experimento mental más radical que se puede plantear sobre lo humano, y también uno de los más fértiles. Porque cuando eliminas todo lo accesorio —las estructuras, los roles, los ruidos— lo que queda es la pregunta desnuda: ¿qué somos cuando no hay nada alrededor que nos diga lo que somos?
Manuel de Pedrolo lo planteó exactamente así en 1974, en catalán, en plena dictadura, en poco más de ciento cincuenta páginas. Mecanoscrit del segon origen no es una novela de ciencia ficción sobre invasores extraterrestres —aunque los haya—. Es una novela sobre todo lo anterior. Y si todavía no la habéis leído, este es el momento.
Jose Ceballos y David Martínez analizan en el podcast de esta semana la adaptación en cómic que acaba de publicar Planeta Cómic: una nueva entrada al mismo experimento, para quienes prefieren que el mundo se les acabe en formato viñeta.
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